“No conozco ningún camino seguro que conduzca a éxito; sólo uno que conduce al fracaso seguro: Querer contentar a todos” (Platón)
A veces me gustaría haber nacido en oriente, dónde lo importante no son las metas sino el camino hacia ellas, dónde las cosas no se buscan sino que se espera a que lleguen.
Nos movemos en un mundo en el que el éxito es lo fundamental, y en el que nos dejamos engañar muchas veces por la idea de que el fin justifica los medios. Pero el éxito no da la felicidad y menos si para ello tienes que ser mil personas a la vez. Una que contente a cada obstáculo que nos encontramos en el camino hacia nuestra meta…
Ahora vivo en Barcelona y estudio en la ESMUC. He llegado a lo que más quería, casi mi única meta: estudiar música. Para ello me he tenido que alejar de mi familia, de mi cultura, de mi gente, de un mundo que ya sabía como funcionaba…
Y mientras muchos persiguen el éxito, yo me voy perdiendo por el camino. Quizás porque yo sólo sé ser una persona, porque no consigo justificar mis actos para lograr un fin… porque se me hace muy duro pensar en un futuro, cuando me importa tanto el presente.
Intento ser feliz

¡Siempre he odiado los uniformes! Los convencionalismos. Que haya que seguir unas normas tan sólo por la idea de que se lleva haciendo lo mismo siglos.
Tengo muchas ganas de estudiar; de investigar diferentes cosas, no quiero hacer lo que todos hacen porque es lo que siempre se ha hecho. No me interesa ganar concursos, tocar correctamente para el día de mañana entrar en una orquesta o pasar unas oposiciones… todavía no. Tengo ganas de tocar, delante de la gente para poder demostrar lo que soy; no lo que me han enseñado sino lo que yo he podido aprender.
Tengo un trio maravilloso, con el que la música de cámara se convierte en algo más que notas escritas; con el que la frontera entre música y amistad es difícil de encontrar. Y a veces las miradas, las sonrisas, la complicidad… son las que hacen la obra interesante.
Cada clase me parece un universo nuevo del que aprender, y me alimento de nuevas cosas. No me conformo con lo obligatorio o lo mínimo Lleno mis días de pequeñas motivaciones que me hacen saltar de la cama por las mañanas.
Así se van sucediendo clases de composición, de historia, de jazz, otros instrumentos “chapurreados”, decenas de diferentes técnicas para trabajar corporalmente…
Y libros en la cabecera de mi cama de los temas más variados, diferentes culturas, otros mundos…
Y la docencia. Porque cuando voy a dar clase siempre estoy más nerviosa que mis alumnos. Ellos piensan que van a clase a aprender y en realidad los que me enseñan cientos de cosas son ellos. Mis fallos, mis carencias, mis miedos… todo reluce demasiado fuerte a la hora de enseñar.
Pero me encanta, porque no cabe miedo a la rutina. Cada persona es un mundo y la interacción entre el profesor y cada alumno nunca puede ser la misma. Cada noche es como si necesitara replantearme todo lo que yo aprendí y enfocarlo nuevamente dirigido a cada uno de mis alumnos.
Así van pasando poco a poco los años sin darme cuenta, con miedo a acabar la carrera en la ESMUC. Porque por mucho que nos quejemos de tanto institucionalismo, es una vida muy cómoda. Dónde si haces lo que te mandan en el fondo eres recompensado.
Quizás los problemas empiecen cuando la que manda sea yo.
